lunes, 20 de abril de 2015

Caminando

A lo largo del camino que es la vida, te vas encontrando con personas que en cierta forma van a formar parte de ella, casi siempre temporal pocas veces permanentemente. Vas caminando y se van agregando, casi sin quererlo, y comparten contigo esa travesía que tantos como yo lo ven pedregoso y serpenteante, sin un final fijo, moviéndose siempre, provocando inseguridad. No hay que tenerle miedo ni a lo desconocido ni a los desconocidos. Es normal tropezar y lastimarte hasta el punto de no querer andar más, no te preocupes, yo también me tropecé y sin embargo sigo aquí y desde ese momento he aprendido más que lo que pudiera imaginar. Las personas te ayudan, te embriagan de experiencias, lo único que necesitas, a lo mejor ahora deniegas y te ríes sarcásticamente por la gran chorrada que acabo de decir, pero jamás niegues lo que te ofrecen con su corazón, en serio.

 Cuando vayas solo, en la fresca y nítida oscuridad de la noche, recordarás aquello que te dijo ese desconocido sobre la maldad, que no está en el mundo, si no en las personas. Cuando llueva y el agua golpé tu faz, y la sesgue como un mero trozo de madera y no tengas nada para cubrirte, en tu memoria brotará esa conversación con la chica que te animó a disfrutar de la frescura del agua, del contacto con la naturaleza y de esa sensación que te hace sentir bien cuando no haces nada. Acuérdate de esas personas que pasaron por tu vida, que como hormigas, pasaron tímidas e hicieron una colmena en tu corazón, llenándolo de sensaciones nuevas, pero no por ello malas. No te olvides de aquellas que te despojaron de tu honor, que te humillaron y te dejaron tirado en una cuneta cual cadáver, solo ellas fueron las capaces de hacerte abrir los ojos  sobre la realidad del mundo, que hay gente que da asco pero que la vida es una maravilla. No te esfuerces en vano por aquél que no da su interior a los demás, el exterior se da día a día, el rico material de dentro se cotiza más que cualquier cartera llena o del lujoso coche que aparca el hastiado oficinista en frente de tu casa. Dalo todo, cuando creas que tienes que darlo todo o te arrepentirás. Te puedo asegurar que el arrepentimiento es el peor de los remordimientos, te agujerea y te taladra en tu armadura de madera hasta que toca algo duro y cuando lo toca, solo puedes dejar que termine su trabajo, “grave es el peso de la propia conciencia” decían ya nuestros antepasados griegos.

 Te ánimo a que mires al frente, no mires atrás, no hay nada que merezca la pena observar sobretodo cuando lo has vivido en tus carnes, lo que importa es lo que queda por hacer, por lograr, por conseguir. No mires nunca hacia abajo. A menudo, cuando ando sin rumbo por las laberínticas calles de la gran ciudad, observo a la gente como mira nerviosa al suelo ¿Habrá perdido algo? Suelo preguntarme ¿Buscan acaso algo? Tristemente no, miran abajo porque el peso sobre su espalda les impide mirar a los cielos, a los edificios, les impide poder volar como una vez lo hicieron, se resignan y prefieren soñar pragmáticamente sobre el número de baldosas que hay en la calle de ahí a su casa. Por suerte soy de las pocas personas que prefieren mirar hacia arriba, y sí, más de una vez me he tropezado, pero prefiero caerme 30 veces antes de que mi ilusión y mis alas se vean cortadas irremediablemente por un señor con corbata o por una asamblea de personas, sin corazón, pero con cabeza. Porque ahora el valor de las cosas se mide, se conoce, se pluraliza, se comparte, se comercia... Craso error amigos, eso no es valor, al menos como yo lo entiendo, eso es cotización, y una tiene que ver con lo que se refiere a ti y otra con lo que se refiere a la sociedad. En un mundo de locos, en un camino sin sentido, lo único que puedes hacer es cerrar los ojos, sentir el viento y dejar que meza tus cabellos arbitrariamente, eso es realmente sentir el valor de las cosas... entonces... ¿te apuntas?

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