Caía con ligereza el agua de la cascada. Era un sonido agradable, constante, sumiso... Penetraba con soltura en tu interior y misteriosamente tu cuerpo, como conectado, se enlazaba con la fluidez de la cascada... Un sonido constante, tranquilizador... Nada más quieres que permanecer al lado de la cascada, sintiendo como sus aguas se deslizan desde la altura con premura, pero sin prisa, con inquietud, pero tranquilidad, para desembocar con su familia...
Al lado, había una persona. No importa como fuere, lo importante es que estaba contemplando el sonido del río. Tan tranquilizador y a su vez ignorado. Tan fijo y a su vez tan olvidado... El hombre llevaba ahí largas horas, con las rodillas cruzadas y los ojos clavados en la cascada. No quería salir de ahí ¿qué mejor sitio que estar escuchando ese incesante y tranquilizador sonido? La cascada siempre agradecía compañía, normalmente los animales y humanos pasaban de largo y se aprovechaban de sus aguas, pero este humano se había quedado fijo, observando y eso le agradó enormemente a la solitaria cascada. A las pocas horas, como despertado, el hombre se levantó y se fue, sin despedirse. La cascada pensó que era como todos los humanos, mentirosos e incapaz de sentir nada, así que no le dio la menor importancia.
Al día siguiente, el humano volvió a aparecer. ¿Cómo era posible? ¿Se había equivocado la cascada? De nuevo, se sentó donde la anterior vez y se volvió a sumir en un estado de tranquilidad, observando a la cascada en todo momento. La cascada, no quiso perturbar la paz del hombre, así que le observó también y le agradeció, con una suave brisa, que estuviera allí con ella. El hombre ni se inmutó, pero una leve sonrisa que brotó de su boca le pareció suficiente a la cascada. Al cabo de unas horas, el humano, satisfecho, se levantó y se fue, tal y como sucedió el día anterior. La cascada se preguntó si lo volvería a ver. Era inusual que un humano se sentase a oirla, nadie la quería. Llevaba ahí desde hacia siglos pero jamás se habían sentado con ella, jamás la habían tocado y mucho menos hablar con ella. Este acto “humano” le hizo gratamente feliz y satisfecha “quizás no todos los humanos sean iguales” pensó con una sonrisita para ella.
Al amanecer del día siguiente, un par de horas antes de lo habitual, volvió ese misterioso hombre, pero esta vez con una mochila. La cascada al verlo, se puso muy feliz y los pájaros de en derredor empezaron a piar alegremente, animados por las chicharras y demás insectos. “¿Habré encontrado por fin a mi media naranja? Pensó. La cascada estaba decidida a actuar. Jamás en ningún otro momento se había sentido de esa forma ¿Será que estoy enamorada? Pensaba con frecuencia. Enseguida esos pensamientos se inundaban en la constante y monótona soledad que le acosaban desde su existencia. “No, nadie puede querer a una cascada”. Pero no podía dejar que se marchase una oportunidad como esa ¿“Y si él me quiere también? La cascada, armándose de valor, pronunció unas tímidas y agudas palabras. Derrepente el humano se levantó de un salto y miró a su alrededor, diciendo:
-¡¿Quién anda ahí?!- Se le notaba asustado ¿quién iba a estar en tan apartado lugar? La cascada sin saber que hacer, volvió a repetir el sonido. La impresión del hombre fue la misma. Giró sobre mismo varias veces y su respiración aumentaba gradualmente. El sol reflectaba en su calva, haciéndose ver diminutas pero múltiples gotitas de sudor.
- ¡¡¿Quién anda ahí?!! - Esta vez lo repitió más alto y con más miedo. No era un sonido peculiar. El hombre conocía los sonidos del bosque y ese sonido no lo había oído nunca. Era como oir una melancólica canción infantil, unida con un invisible hedor a tranquilidad, algo inexplicable. La cascada no había “pronunciado” bien, estaba nerviosa y no sabía como desenvolverse en esa situación. Con mucho valor, dijo:
-Hola buen hombre, soy la cascada- De pronto el hombre, miró la cascada y marchó corriendo a toda velocidad, dejándose la mochila...
La cascada pronto se puso triste. Las aguas discurrían con menos fluidez, las piedras caían golpeando al lago con violencia y los pájaros nada podía hacer para animar a su vieja amiga. Se sentía engañada. Jamás había confiado en nadie y por una vez que lo había hecho, no había tenido buenos resultados. Ahora, lentamente, se volvía a hacer a la idea de la soledad. “¡Qué tonta soy! Siempre he estado sola ¿porqué alguien habría de estar conmigo? Solo hago ruido y encima mi caída no es tan bonita ni tan grande como otras... No valgo para nada...
Pasaron los días y la cascada seguía en su depresión. Hacía días que los pájaros la habían dejado por mal humor y eso solo hacía más que acrecentar su decrépito estado de ánimo. Entre los arbolillos del fondo, vislumbró, sorprendida, una superficie reluciente que destacaba entre las despobladas hayas... ¡Es el humano! La cascada se vió sumida derrepente en un subidón de adrenalina, poco típico en las cascadas. Estaba feliz -¿Querrá hablar conmigo? ¿Y si solo lo asusté? ¿Me querrá?. Los pensamientos se mezclaban y chocaban entre sí. No se esperaba en absoluto tal situación y solo el agua y la felicidad fluían por ella.
El humano, lentamente, se iba acercando. Lo hacía de modo lento, pero seguro. La cascada olía el miedo, estaba asustado. No es normal que las cascadas hablen, creo pensó, quizás ahora no se asuste.
-Hola humano, lo siento por lo del otro día, no era mi intención asustarte. Pronunció claramente la cascada. El humano pasó de miedo a sorpresa. Quizás pensara que fue una imaginación y quería comprobar de nuevo lo que pasó. Pensase lo que pensase, la cascada estaba hablando y el tenía que responder.
-Hola cascada... - El humano respondió secamente, no sabía que decir. Jamás había hablado con una cascada y se le hacía extraño.
-Me ha hecho muy feliz que vinieras a verme, me siento muy sola aquí... Tu compañía me alegra durante todo el día y el otro día me puse muy triste al asustarte... Se notaba el sentimiento de las palabras. El humano se sentía confuso ¿qué hago? Pensaría ¿qué digo?
- Perdóname tu a mi. Me fui de malas maneras y lo siento por haberte hecho sentir mal, no era mi intención.
- No te preocupes, me haces muy feliz, solo quiero que estés conmigo. - La cascada no sabía como expresar su felicidad ¿se quedaría para siempre con ella?
- Cla... cla... claro... - Expresó difícilmente el humano. Acto seguido se sentó donde era habitual y se sumergió en sus pensamientos. La cascada, le ayudó a sumergirse entonando un canto armónico, ayudado con el fluir de las aguas...
Pronto la cascada y el humano formaron una relación de amistad. El humano iba diariamente a la misma hora, mientras la cascada le esperaba con entusiasmo. Le regaló varios peces de colores para que vivieran en sus aguas y plantó un par de magníficas plantas al rededor del lago para adornarlo. Os imaginareis la simple e infantil emoción de la cascada. Jamás se había sentido tan feliz y ya soñaba con pasar el resto de su vida con el humano. Se sentía “enamorada”. La cascada le dejaba bañarse en sus aguas, hablaba con el de sus cosas y pronto, la amistad se convirtió en una especie de “relación seria”. El humano iba diariamente y se quedaba más rato, se solía quedar a dormir y plantó cerca un huerto para en un futuro instalarse ahí en un futuro. Todo marchaba perfectamente.
Pasaron los años y el amor entre estos dos seres no hizo más que aumentar. La cascada se vio sumida a una conexión más fuerte que las palabras, se podría decir que estaban conectados de cierta manera. Cuando él no estaba, ella lloraba y sus aguas cambiaban de un color azul puro a un color verdoso y marrón. Los peces se veían obligados a irse un poco más al río para sobrevivir y las plantas sufrían sus achaques con dignidad. A su vez, el humano se instaló justo arriba de la cascada. Pronto se conectó con la cascada... con la naturaleza. Podía sentir el fluir de sus aguas, podía sentir el viento, los pájaros se le posaban y piaban con alegría. Era todo perfecto. Pero nada es para siempre...
Un día de lluvia, el humano, como de costumbre, se acostó en su cabaña para hacerse en su roída cacerola de metal algún desconocido condimento, arriba de la cascada, como habitualmente hacía... La lluvia era más fuerte de lo normal. Los truenos golpeaban en el cielo con violencia y los vientos arrastraban masas de hojas, seccionando todo lo que se encontrase a su paso. La cascada estaba tranquila. Ella sabía que mientras el humano estubiera con ella, nada pasaría. Habrían pasado dos horas, cuando un iracundo rayo golpeó sobre la superficie de la cascada. Ésta se despertó enseguida, confusa por lo sucedido y preguntó al hombre si se encontraba bien. No hubo respuesta... La cascada, un poco más nerviosa, le volvió a preguntar... solo se oía el violento viento... Pronto observó como una especie de piedra caía sobre su lago. Era más deforme que una piedra normal, un poco más larga y estilizada, pero de un horrible y asqueroso color negro. La cascada se sintió ofendida por tal acto y la apartó de su lago. Pero al cogerla, se dio cuenta de que no era una piedra, tal y como ella pensaba, si no que era algo mucho más importante...
Hace años ya que de la cascada no brotan esos frescos y abundantes chorros que antaño la caracterizaban. En su lugar, ahora hay un acantilado, seco, pedregoso y lleno de repugnantes y oscuros animales. Ya no volvió a ser como antes. Pues cuando se muere una parte de ti, ya nada vuelve a ser lo mismo.
PD: Me faltan corregir unas cuantas faltas ortográficas, pero lo haré cuando tenga tiempo.
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